Con ganas de entender

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Decía que le importaba, decía que tenía toda la intención del mundo de entenderme, de saber y conocer mis por qués, mis para qués. Aun cuando siempre empezaba haciendo preguntas superficiales: ¿Cómo te llamas?, ¿De dónde vienes?… Al principio, en verdad llegué a pensar que le importaba.

Era contradictorio, cada vez que estaba yo a punto de responder, me interrumpía, hablaba de él mismo, hacia más preguntas vánales, pedía perdón…. y volvíamos a lo mismo. Me empecé a cansar, a molestar, me empecé a enojar. ¡Decía conocerme

por saber cómo me llamo, por saber cuánto gano, donde vivo! ¡Qué iluso! Con un poco de información de mi parte empezó a juzgarme, a decirme por qué sí, por qué no, sobre esto y sobre aquello.

Todo giraba a su alrededor, a sus juicios, a sus paradigmas, a su entorno, a sus mezquinas conveniencias, sin considerarme, aunque él, estaba convencido de entenderme, de haberme incluido. De una molestia pasajera, llegué al enojo profundo, a sentirme usado, verdaderamente molesto.

Me sentía como una cosa que se observaba, que se usaba. Como una vulgar pieza mecánica de un rompecabezas ajeno, que debía de ser parte del resultado de un todo, de un todo al cual yo no pertenecía. ¿Y, Qué hubiera hecho la diferencia?

¿Cómo me hubiera sentido involucrado, entendido?

Tal vez, si respetuosa y prudentemente él hubiera profundizado un poco más, si en lugar de suponer tanto, me hubiera preguntado cosas relevantes; el cómo, el para qué, el por qué. ¿Si me hubiera confirmado de una u otra forma, legítima y verazmente que en serio le importaba entender mis porqués, mis cómos? Si, si, mis por qués, mis cómos, de lo que siento, de lo que me mueve, de lo que me paraliza, de mí historia personal, de mí.

Pero desafortunada y tristemente, no tenía tiempo, bueno, tiempo sí tenía… la verdad lo que no tenía era interés, ni ganas de entender. O tal vez si las tenía, pero pobrecito… no sabía cómo demostrarme su interés, ni darme tiempo para sentirme incluido.

En fin… el resultado fue el mismo de siempre, el allá y yo acá, tristemente cada vez más lejos, cuando a lo mejor lo que ambos realmente queremos es estar más cerca el uno del otro, más unidos. Pero como siempre, me quedé con ganas de entender seguramente él también.

Para reflexionar                                                                                                                                            Alfonso del Valle Azcué

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